¿Y SI YO
FUERA UN ÁRBOL?
Me yergo airoso cercano al pórtico de esta vieja iglesia
románica, tan típica de estos pequeños pueblos de la Sierra de la Demanda. Soy
un olmo con muchos años en mi tronco. Pocos quedan hoy de mi especie. Puedo
celebrar mi suerte pues me libré milagrosamente de la Grafiosis; la superé con
la ayuda imprescindible de las buenas gentes del pueblo; porque enfermo sí
estuve un tiempo. Fue al final del verano; mis hojas empezaron a ponerse
amarillas demasiado pronto; me preocupé, pero no le di más importancia pues se
acercaba el otoño y ese verano había sido caluroso y seco en exceso.
Perdí todas las hojas, como cada otoño. Ese proceso había
sido siempre algo natural e indoloro; sin embargo, este año sentí molestias por
todas mis ramas; cada hoja que caía era como si me la arrancasen con
brusquedad. Deseaba vivamente que llegase el invierno para que la savia que
subía por mis venas quedara detenida hasta la primavera; me dolían el tronco y
las ramas como si me arañasen por dentro. Me aliviaron de aquel sufrimiento las
primeras nieves y heladas; me adormilaron lentamente hasta que el sopor
invernal se adueñó de mí y me sumió en la insensibilidad total.
Estaría bien entrado mayo cuando me desperté bruscamente y me
vi con apenas débiles y escasos brotes que deberían ser ya hojas; a mi
alrededor había bastante gente; a algunos los conocía pues eran vecinos del
pueblo. Había otros a quien no había visto nunca; hacían incisiones en mi
tronco y me inyectaban por ellas unas sustancias que me quemaban por dentro y
hacían que mis venas se estremeciesen; oía sus palabras en voz baja y
preocupada y hablaban de mí.
—¿Se recuperará? —oí
que preguntaba el señor cura que salía de la iglesia.
—En las cunetas de la carretera que lleva a Ibeas sólo quedan
sanos una docena de olmos. Todos han recibido el mismo tratamiento, pero
tenemos pocas esperanzas.
—Yo siempre lo recuerdo al lado de esta iglesia —añadió
compungida una señora mayor.
—¿Qué haremos si se seca, toda la vida formando parte de
nuestra historia? —me pareció la voz entrecortada del alguacil del pueblo.
Los comentarios pesimistas y preocupados me infundieron ganas
de vivir y seguir compartiendo tantas cosas con aquellas buenas gentes. Ya no
estaban las que un lejano día me plantaron a las puertas de la iglesia y me
cuidaron hasta que alcancé fortaleza y crecieron mis ramas. Conozco a todos los
vecinos del pueblo, incluso a otros de pueblos cercanos que se han acercado a
mi en tantas ocasiones, fiestas patronales, procesiones, danzas regionales…
No podía morirme; no podía sucumbir a la Grafiosis; por ellos
lo haría; no me importaban las incisiones en mi corteza ni los líquidos que por
ellas me administraban. Viviría; seguiría compartiendo con ellos todo, mis
días, mi sombra y frescura, mis hojas caídas en otoño.
Fue una primavera lenta y dolorosa; al fin, ya a la entrada
del verano, las hojas se habían desarrollado. Había perdido algunas ramas;
quedaron secas en mi altura y el viento las derribó.
—Parece que ha resistido —comentaban animados algunos
vecinos.
—El tratamiento dio resultado —añadieron otros
—Aquel técnico tenía manos de santo.
Y más y más comentarios alegres y festivos oía complacido;
quería participar de su alegría agitando mis hojas al viento.
Hoy sigo enhiesto, erguido con orgullo al lado del campanario
disfrutando del tañer de las campanas cuando repican a fiesta mayor, convocando
a misa o, también, llamando a entierros. Soy parte de este pueblo; bajo mis
ramas pasan los novios al salir de la iglesia; los mayores permanecen buenos
ratos charlando: cómo será la cosecha, lloverá en mayo… En las tardes del
verano, cuando baja el sol, a mi sombran hay partidas de cartas, tejeduras y
bordados y niños, en verano hay siempre muchos niños, que alborotan con sus
juegos, con sus bicicletas.
Soy feliz y me siento querido y agraciado; a veces también me
embarga la pena por los muchos hermanos que se llevó la Grafiosis y se quedaron
secos y abatidos como estatuas de madera al lado de tantas desconocidas e
insignificantes iglesias románicas de la Sierra de la Demanda.
Paulino Carasa

No hay comentarios:
Publicar un comentario