UN DÍA EN
VIENA
Hoy miércoles día once, el barco permanecerá atracado en Viena
hasta las diez de la noche. La guía nos había convocado a las ocho de la mañana
para salir hacia el centro de la ciudad y realizar una visita panorámica; pero,
¡oh paradoja!, ella se ha dormido y hay que llamarla. Parece que el día promete
problemas.
Tras una primera toma de contacto desde el bus, nos perdemos por
las calles del centro de Viena. Desde la Plaza de María Teresa nos adentramos
en el amplio espacio que ocupa el Palacio Imperial de Hofburg con sus jardines
y múltiples dependencias. En torno a su inmensa plaza central se sitúan los
lujosos edificios del complejo. Vamos caminando hacia la catedral de San
Esteban a lo largo de calles con espléndidas mansiones, museos, edificios
suntuosos e históricos; rodeamos la Ópera y terminamos en la plaza de la
Catedral.
El día empieza a ponerse molesto no sólo por el frío sino por
la fina lluvia, aguanieve más bien, que cae; afortunadamente dura poco y su
intensidad es reducida.
Desde el bus habíamos visto el edificio neogótico del
Ayuntamiento de Viena y, como disponemos de tiempo antes de regresar al barco
decidimos visitarlo, pero una interpretación errónea del GPS nos lleva en
dirección contraria. ¿Qué hacemos, corregir el rumbo o ir a comer? Nos vamos a
comer; el ayuntamiento puede esperar a una mejor ocasión. El día se empeña en
seguir cruzado.
Por la tarde está programada una visita al Palacio de Shönbrunn y el mercadillo adyacente a él.
Antes de entrar tenemos tiempo para pasear por los jardines: una inmensa
extensión de parterres y paseos, con gran cantidad de estatuas, hasta la fuente
de Neptuno.
Entramos al Palacio y nos maravillamos ante la magnificencia
y esplendor de sus salas; en ellas apreciamos la riqueza de los muebles, los
cuadros, las estatuas y su ornamentación. Al salir realizamos un breve
recorrido por los puestos del mercadillo situado delante de la fachada
principal del Palacio. Entre tanta gente, algunos se despistan y tardamos más
del tiempo estipulado para reagruparnos y retornar al barco. Llegamos con el
tiempo justo para cenar; ni siquiera accedemos a los camarotes a dejar abrigos,
gorros, mochilas y demás adminículos contra el frío.
Hoy el día empezó mal, atravesado; con ese principio, era
difícil que acabara bien. Y así fue. Teníamos entradas reservadas para asistir
a un concierto. Pero se impone el desconcierto; al salir del barco, el bus que
nos tiene que llevar, no está. ¿Qué ha pasado?
Nadie lo sabe. Vuelta al barco; en la calle hace mucho frío; nos avisarán
cuando sea hallado el autobús perdido. Nos debatimos entre el pesimismo y la
esperanza. Con todo este ajetreo han dado las ocho de la noche; el concierto
está programado para las ocho treinta. ¿Perderemos las entradas? El tráfico y
la distancia acentúan las dificultades.
Pasan diez minutos de las ocho cuando aparece el bus. La
forma de disculparse el chófer por el retaso es curiosa. Nos impele a subir
rápidos y jura y perjura que llegará a tiempo. Y sí, con nervios y casi
derrapando, saltándose más de un semáforo en ámbar casi rojo, llegamos. Ahora,
carreras; carreras para bajar del bus, carreras para acceder al recinto,
carreras para subir las escaleras, carreras por los pasillos...y llegamos...
tarde. Todavía con el corazón palpitante por las prisas y el ajetreo, comienza
el concierto. El local, que pertenece al complejo enorme del Palacio de Hofburg,
precioso.
Al salir, de nuevo nos apremian las limitaciones horarias. El
barco zarpa a las diez; si no llegamos a esa hora, se plantearían problemas
mayores. Nuevo ataque de frenesí por las calles, ahora desiertas, de Viena.
Entramos en el barco un momento antes de que este leve anclas. Por fin, el día
que había empezado un tanto irregular, acababa sin mayores contratiempos. Dormiríamos
navegando Danubio arriba hasta llegar, de buena mañana, a la Abadía de Melk.
Paulino Carasa
UN VIAJE A PALMA DE MALLORCA
Aquella mañana se presentó fría y lluviosa. Era el día en que
emprendería mi primer viaje a Palma de Mallorca. Era familiar ya que mis tíos de
Madrid tenían allí un piso de unos amigos. Me hizo mucha ilusión cuando me lo confirmaron.
Me desperté sobre las seis de la madrugada. Me duché, desayuné y poco a poco me
fui espabilando. Cuando salí llamé a un taxi para que me acercase al aeropuerto
de Santander a coger el avión. Por allí, a lo lejos, se divisaba una cafetería.
Después me acerqué a facturar el equipaje. Qué impresión me dio con sólo verlo.
Ya dentro era fabuloso. Al rato vino la azafata para acomodarme en el asiento
correspondiente y al cabo de un rato se la oyó por el altavoz dar las instrucciones
para ponerse el cinturón de seguridad y desearnos un feliz viaje. El despegue
me causó mucho impacto. Al llegar me esperaban unos familiares con los que
pasaría unos días.
Son una maravilla las islas que tiene Baleares al igual que sus maravillosas playas; una de ellas, llamada El Arenal, era a la que iba con mis tíos y otros amigos de ellos. El último día no me quise ir sin probar sus ensaimadas. Fue una experiencia muy bonita para un recuerdo que quedará grabado en mi mente, ya que era el primer viaje que hacía y nunca olvidaré.
Esther Morán
VIAJAR A SANTO DOMINGO
Santo Domingo, en la República Dominicana, es una ciudad
llena de historia, cultura y belleza. La Zona Colonial, con sus calles
empedradas y edificios históricos, es un lugar emblemático para visitar y
dejarte embrujar, así como también disfrutar con la arquitectura, la música y
la gastronomía típicas.
Quiero viajar allí para visitar a mi hermano Javier y su
familia. Recorreremos lo que ellos quieran enseñarme en una gran roulotte
porque soñar despierta me gusta y les deleitaré con mis cafés, tes y chocolates
saludables. Les llevaré perfumes naturales y los regalos más bonitos que
encuentre; es posible que necesite un avión privado para llevar los presentes e
ir cómoda. Hay una tienda que me encanta que tiene una ropa muy bonita,
serigrafiada de muy buena calidad y bellos recuerdos. Compraré muchas prendas,
500 ó 5.000 que sé les van a encantar. Especialmente me quiero centrar en lo
exclusivo que allí no hay. Invitaré a mi hermana mayor e iremos sin avisar.
Para regalar compro lo que me encanta y disfruto mucho preparando todo con
tarjetas personalizadas y preciosos papeles de llamativos colores. Mi hermano
Javier y yo nos queremos mucho y de pequeño era muy gracioso y dulce. Para nosotros
será muy entrañable vivir este sueño que os cuento. Compartido, lo bueno se
multiplica. Lo complicado será volver. Me planteo pasar una temporada allí,
disfrutar con mis sobrinos y con todos ir a México y dar una alegría a mis
queridos amigos. Haré lo mismo, les llevaré abrazos y todo lo que quieran. Si
esta fantasía no os ha gustado, no os inquietéis, la puedo mejorar.
Teresa Alonso
UN VIAJE
No lo hicimos en vehículo propio. Mi esposa y yo tomamos la decisión de viajar en ferrocarril, Torrelavega-Madrid, en tren Alvia. Madrid-Córdoba en convoy AVE. Y no alegramos de tal decisión. Fue un viaje muy cómodo y, además, en Madrid contactamos y comimos con nuestra hija que allí reside y trabaja. Estupendo.
Los tres días en la ciudad andaluza, capital de la Hispania Ulterior en tiempos de la República Romana, luego capital del Emirato de Córdoba y con cuatro elementos incluidos en la lista mundial de la UNESCO declarados “Patrimonio de la Humanidad”. A saber: Centro histórico, Ciudad califal de Medina Azahara, Mezquita Catedral y Fiestas de los Patios Cordobeses. Todo lo visitamos y todo lo disfrutamos en su justa medida.
Todo excelente. Admirable arte. Mucho color y calor. Pero las cervecitas frías, el jamón ibérico de los Pedroches, el salmorejo y el típico plato de rabo de toro cordobés, acompañado con el gracejo del habla de los cordobeses y cordobesas, no desmerecen y también deben tener su sitio en este relato. Un feliz viaje.
Pedro Rodríguez


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