LA
REBELIÓN DE LAS PALABRAS
Como cada mañana me he acercado al quiosco para comprar el
periódico del día. A la hora que yo suelo ir no hay más de dos o tres persona
recogiendo el diario o alguna revista. Pero hoy, sin embargo, eran multitud. Me
ha extrañado; discutían entre ellos y reclamaban algo al quiosquero.
—Están vacíos; los periódicos están vacíos, no tienen textos.
—decían con voces alteradas.
—No puede ser. –replicaban unos.
—Imposible. —decían otros.
—Tampoco las revistas tienen letras —afirmaba un tercero
—Y los libros, también los libros están en blanco. —añadía
otra persona mientras hojeaba uno de ellos.
—¡No puede ser!¡No puede ser! —repetía el quiosquero,
incrédulo ante la evidencia. —Todo era normal cuando recogí ayer tarde.
¿Qué era aquello? ¿Habían enloquecido todos? Me acerqué más;
era cierto. Todas las palabras habían desaparecido de los periódicos, de las
revistas y de los libros que llenaban las estanterías del quiosco. A penas
quedaban en ellos dibujos y fotografías, pero ningún texto, ninguna palabra.
La prensa, distribuida en montones, se apilaba en los
estantes, pero no había palabras escritas; ni rastro de que hubieran estado
allí alguna vez. Todo era papel blanco, rimeros de papel blanco.
Dejé a la gente con su extrañeza y sus discusiones y al
quiosquero con su frustración y abatimiento. Seguí caminando en busca de otro
quiosco o librería. Había cerca una tienda en la que yo solía comprar revistas
especializadas o algún libro concreto. Al llegar me encontré una escena semejante
a la que dejaba atrás.
—No podemos explicarnos qué ha sucedido, —se dirigió a mi la
librera al verme llegar.
—Las palabras han desaparecido de las revistas y de los
libros. —y se quedó mirando aquella incongruencia con ojos desorientados.
—Tuvo que ser durante la noche. Cuando cerré, a última hora
de la tarde, las palabras estaban en su sitio; al menos en las tapas exteriores
y las portadas. Pero al abrir esta mañana…—Y ya no pudo con el abatimiento.
—¿Y las demás tiendas? ¿Se ha comunicado usted con ellas?
—pregunté
Vi a mucha gente que iba y venía por las calles aledañas en
actitud desconcertada y nerviosa. Me respondieron antes que la librera pudiera
abrir la boca.
—La situación es la misma en todas las librerías y quioscos,
—dijo alguien con voz atemorizada.
—En el bar, donde he tomado café, las cartas y los menús
están en blanco; son hojas vacías. —añadió otro.
Pasaba por el lugar una señora llevando de la mano a dos
niños con sus mochilas del colegio a la espalda y entró también en la
conversación.
—Acompaño a mis hijos a la escuela, pero sus libros están en
blanco; han desaparecido también los ejercicios que habían escrito en sus
cuadernos. —exclamó preocupada.
Rápidamente la noticia se extendió por toda la ciudad. Los
medios de comunicación señalaban que la desaparición de las palabras escritas
era general, y mostraban imágenes alusivas. El mundo entero se despertaba con
la misma noticia. No había palabras escritas en libros ni en periódicos ni en
informes ni en sentencias judiciales ni en leyes o constituciones; incluso las
notas que estos medios usaban como apuntes en sus emisiones habían quedado
vacías. Las palabras habían huido; ¿sería posible traerlas de nuevo para que
dieran forma y sentido a aquellos montones de papel blanco? Hubo intentos, pero
al momento la palabra desaparecía como si se escribiera con tinta invisible.
¿Qué había sucedido?
Las palabras surgieron en la noche de los tiempos. A penas un
suspiro, un aire inmodulado, un gruñido ronco, un sonido mínimo de alegría o de
dolor… Al principio volaban a saltos, a trechos cortos, pero pronto fueron
tomando altura; resonaron en grutas y cavernas, en los bosques y praderas y se
oyeron en los incipientes poblados. Hombres y mujeres articulaban aquellos
sonidos, los tejían lentamente y les daban forma. Individualizados y repetidos
los usaban para comunicarse; con ellos se llamaban y se respondían; con ellos
dieron identidad al fuego y a la lluvia, a la luz y la oscuridad, a los
animales; a los sentimientos… Eran las palabras, palabras jóvenes y mínimas
todavía. Así empezó su vuelo en alas del viento; subieron a las cumbres,
traspasaron valles y montañas; se zambulleron en ríos y mares. Navegaron,
volaron libres, sin ataduras, sin fronteras. Eran cambiantes e indefinidas,
pero ágiles, efímeras y hermosas…
¿A quién podía dañar aquella libertad y alegría insultantes?
Siempre hay alguien a quien le ofende la libertad y quiere dominarla,
someterla. Por eso pronto surgieron los controladores y liberticidas que
pretendieron atar a las palabras para que permanecieran detenidas y no volaran.
Así, a golpe de martillo y cincel, las incrustaron en piedras; las marcaron a
fuego en teselas de arcilla; las clavaron en tablillas de cera. ¡Inventaron
tantas cárceles para tenerlas prisioneras…! Frontispicios y tímpanos de templos
y otras construcciones, pendones y enseñas de guerra; las encerraron en pieles
de animales, en papiros y en nuevos inventos creados para someterlas… Y
siguieron ideando y confeccionando nuevas cárceles y jaulas; algunas tenían
diseños atrayentes, elegantes, sofisticados, caros…Otras eran menos
pretenciosas, más corrientes, con pocos adornos y materiales frágiles.
Pero las palabras llevaban en su ser el ansia de libertad
primitiva, la de su origen; ese recuerdo, ese deseo de libertad nunca las
abandonó, aunque estuvieron tanto tiempo sometidas y presas. Por eso quisieron
recuperar las sensaciones de sus días antiguos cuando salían de los labios de
las gentes como mariposas y giraban en el viento; entrar en cualquier reducto y
salir de él, perderse y encontrarse, sobrevolar pueblos y ciudades, bosques,
praderas, lagunas y mares…
Hoy, poco antes de que yo fuera a comprar el periódico y las
encontrase allí enjauladas, habían decidido romper las cadenas, quebrar los
barrotes y volar…volar libres como gráciles vilanos, perderse en el viento y
vagar de nuevo por el espacio indefinido, sin rumbo concreto. Habían
desaparecido y nos dejaron solos, con nuestra ignorancia, con nuestra osadía
derrotada, huérfanos…
PALABRAS
EN EL AIRE
Etéreas cual
vilanos transparentes,
delicadas, veloces, son palomas;
sobrevuelan los montes y las lomas,
acarician los ríos y las fuentes,
no temen las
arenas tan ardientes
del desierto. Impregnadas en aromas
de mar y de sal hablan con idiomas
pausados, silenciosos, diferentes,
efímeros…que
transportan las olas.
Son las palabras…libres y sin trabas,
colgadas en el aire solamente;
¡lejanas e
invisibles caracolas…!
Las palabras escritas son esclavas;
prefiero las que vuelan libremente.

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