LA ESCUELA
Nosotros íbamos a la escuela y nos “desasnaba” el señor maestro. No íbamos al cole ni teníamos “profe”. Iniciábamos nuestra formación primaria a los seis años.
Había dos aulas para chicos, los grandes y los pequeños. Y otras tantas para chicas, las grandes y las pequeñas. Todo ocurría en la década de los cincuenta del siglo pasado en una aldea de la provincia de León, a orillas del rio Órbigo, afluente del Esla que a su vez descargaba sus aguas en el rio Duero. Su caudal daba vida a excelentes truchas, sabrosos cangrejos y toda una fauna piscícola de gran aprecio. La villa es conocida con el nombre de Villamor de Órbigo.La instantánea refleja a dos niños,
con siete u ocho años, colocados previamente por el fotógrafo de turno, que se
llamaba Lafuente, y revisada, como no, por el señor maestro, don José. Me
acompaña Manuel Benavides, conocido por Lolo “Bocarrota”, apodo o mote heredado
de su padre, también Manuel de nombre. Lolo vivía en el barrio de la Carreta,
en la parte sur del pueblo, y yo vivía en el barrio de la Montaña en la parte
opuesta, al norte. Yo tenía más suerte pues las escuelas estaban ubicadas en mi
barrio. Lolo tenía que caminar cada día más o menos un kilómetro para llegar a
la escuela. Y en invierno por aquellas tierras solía ser bastante desagradable.
Recuerdo haber interpretado con Lolo a los mártires hispanorromanos Justo y
Pastor, los Santos Niños, en una función que el señor maestro dirigió para una
clase de Religión; nos dieron algunos palos los compañeros que interpretaban a
los romanos, sin piedad.
Iniciábamos las clases a las diez de
la mañana, y entrábamos al aula, previa alineación y de uno en uno, por delante
del señor maestro, colocado en la puerta de entrada, saludando con un “buenos
días don José”. Una vez en el interior y cada cual en su sitio y todos en pie,
tras rezar una oración, se iniciaba la enseñanza. Las clases comenzaban con lo
que correspondiera en cada momento y día, aritmética, geometría, dictado,
lectura, religión, etc., hasta el momento del recreo; media hora de asueto que
disfrutábamos jugando en la calle al fútbol, a las chapas, al frontón o
cualquiera otra actividad que requiriese correr o saltar, si no llovía o
nevaba, claro. La mañana concluía a la una del mediodía en que regresábamos a
casa para el almuerzo. Por la tarde, a las tres, de nuevo a la escuela hasta
las cinco de la tarde en que, bajo la supervisión del señor maestro, dos
alumnos elegidos repartían una ración de un engrudo que llamaban leche y que
previamente había sido preparada con agua que se calentaba en la estufa de
lecha y carbón, que era todo el sistema de calefacción que teníamos, y los
polvos de leche extraídos de un saco. Cada alumno debía llevar su taza o vaso
donde se servía el líquido con un caso. Decían que el producto era donado por
los americanos. El único descanso semanal que teníamos era el jueves por la
tarde; el resto de la semana había clase, excepto domingos y fiestas de
guardar.
Concluida la jornada lectiva
regresábamos a casa para coger la merienda que no era más que un trozo de pan
con azúcar o nata y, a veces, pocas, un trozo de chorizo o tocino, y a la calle
a reunirse con los amigos para divertirse jugando al “chorro morro”, al fútbol
si había pelota, a “tres marinos a la mar”, un juego que consistía en una
especie de escondite colectivo en el que participaban dos bandos y en el que
uno se escondía gritando “tres marinos a la mar” y el otro respondía “otros
tres en busca van”; la zona de escondida era todo el pueblo y recuerdo algunos
valientes que decidían hacerlo en el cementerio, lugar donde era prácticamente
imposible ser hallados por el miedo a visitar en horas nocturnas e incluso
diurnas tal lugar. También hacíamos patinaje sobre las aguas heladas en
invierno, o “guerras” entre barrios, y a un sinfín de actividades lúdicas que
ejercitábamos y que nos dejaban cansados para la recogida y el descanso
nocturno.
Qué tiempos aquellos y como ha
cambiado todo.
ENCUENTRO CON MI YO
(el hoy desde el ayer)
Hola. He vuelto. Llevo más de siete décadas transitando por este valle de lágrimas y he vuelto.
Quiero estar un rato contigo. Enseñarte tu futuro. Regresar a mi pasado. Estar en ti y que tú habites en mí. Deseo que escarbes en mi memoria y analices tu mañana y desde tu inocencia de niño califiques con sencillez los resultados obtenidos. Dime, cuéntame, reflexiona desde tu interior de niño las vivencias de futuro que transmite mí pensamiento de mayor. Si, te escucho, dime, dime…Hola, te esperaba. Sabía que algún día volverías. Lo había soñado. Quizás ahora también esté soñando. Sí, seguro que esto es un sueño. Y desde la candidez de mi corto vivir observo a través de tu ya largo navegar por este mar de la vida la trascendencia de más de siete décadas que reposan sobre tus espaldas. Veo por tus ojos el transcurrir de los días y los años y la vida vivida. Tu vida. La vida que me espera.
Si, siento la década de la formación y los estudios, de buscar un porvenir bajo la guía de los padres y maestros, hasta conseguir el objetivo de alcanzar el acceso al mundo laboral. Años duros de estudio y alegres de juventud. También adornados con rebeldía adolescente y petulancia juvenil. Se consiguió el objetivo propuesto. Y después, iniciar en pareja la creación de una familia y educar, siguiendo el ejemplo recibido, trasladando educación y valores a los hijos y seguir superando día a día, mes a mes, año a año, los miles de avatares del existir, consiguiendo nuevas metas, nuevos objetivos, hasta, casi sin darte cuenta llegar hasta aquí. Y en toda esta trayectoria, las vivencias, las múltiples vicisitudes y contratiempos, las memorables y menos trascendentes ceremonias vividas, fueron aceptadas y gestionadas con otras tantas capacidades y actitudes. En ocasiones con mucho esfuerzo, otras veces con gran facilidad, siempre con adaptación a los cambiantes medios y ambientes de cada momento y época. Así lo veo, y confieso tras el somero análisis de todo ello que estoy muy asustado por los exponenciales cambios que veo en el futuro. Me disgusta saber que no habrá cangrejos en el río porque hemos contaminado sus aguas. Me entristece ver que las cuatro escuelas del pueblo terminarán cerradas por falta de niños que las ocupen porque la falta de trabajo nos obligó a emigrar. Me da pena saber que los niños como yo no juegan en la calle y malgastan mucho tiempo mirando la pantalla de la Tablet o del móvil o del televisor. No me gustan las redes sociales porque manipulan las conciencias de los ciudadanos o al menos lo intentan. Me preocupa el daño tan enorme que ha sufrido el planeta por nuestros hábitos y actitudes y que nos está pagando con el cambio climático. Otras muchas cosas veo a través de tus ojos que tampoco son de mi agrado, pero lo más importantes creo que esta relatado. Tu responsabilidad ante tanta calamidad no es significativa. Entre tantos millones de seres humanos que habitan el planeta, tu participación en la destrucción de la capa de ozono y la contaminación es imperceptible. Pero también eres culpable.
No, no solo veo desastres y negatividad. Han sido muchos y muy importantes los avances conseguidos en las relaciones sociales, con la transición política que nos trajo la
democracia y con ella un régimen de libertades. Y también son importantes los avances tecnológicos y científicos que nos han permitido una mayor calidad de vida y un alto grado de bienestar. Ya no hay arados y vacas y caballos perforando la tierra para el cultivo de alimentos; ahora todo son enormes tractores y grandes máquinas cosechadoras. Toda ha cambiado mucho.
Y en todo este vivir, en tanto navegar y mucho correr, en descansos y sosiegos, siempre intentando asumir y doblegar tantas y tantas emociones, desde la rabia e ira por las injusticias del mundo, a la tolerancia, la concordia, la empatía, el amor por las muchas vivencias que proporcionaron grandes alegrías y dicha. En tan largo recorrido ha habido tiempo para todo o casi todo, para el miedo, la angustia, la enfermedad, el dolor, la pena; y combatiendo tales sentimientos con ilusiones, solidaridad, alegría y pasión. Rodeado en todo momento de lo más importante, una maravillosa familia. Y siempre adelante con una sonrisa
Y hasta aquí llegamos e intentaremos con toda la energía que aun llegue a nuestro ánimo, continuar con dignidad hasta donde tenga que estar la meta. Y, por cierto, en cuestión de hechos confesables o inconfesables, veo que de los segundos no hay, pero de los otros no estas en disposición de tirar la primera piedra. También son muchos más los que anulan por el bien generado a los que necesitan confesión. Te veo en paz con lo que has hecho en la vida y lo que ella te ha dado a cambio.
A modo de Epílogo
¿Y ahora? ¿Te animas a seguir adelante después de ver lo que viene?
Por supuesto. Me guste más o me guste menos, no hay más opción. Pero, por favor, despertemos ya y déjame de momento seguir viviendo mi infancia. Por cierto, me alegra ver que no padeceré de alopecia. Adiós. Cuídate mucho. Y no dejes de sonreír.
Pedro Rodríguez
UNA FOTOGRAFÍA ANTIGUA
En mi pueblo había una escuela unitaria. El maestro o la
maestra de turno atendía a todo el grupo de alumnos; eran ocho cursos los que
componían los estudios de Enseñanza Primaria. No había prescolar; era imposible
para el maestro o maestra enseñar a leer a unos niños y al mismo tiempo atender
a los ocho cursos restantes. La única condición que se exigía para asistir a la
escuela antes de cumplir los seis años era saber leer y escribir de manera
elemental.
Yo había empezado a ir a la escuela dos años antes, pero
iniciaba ahora el primer curso de Enseñanza Primaria. Un día de septiembre
llegó el fotógrafo; este hecho se percibía como algo extraordinario; sería uno
de los primeros recuerdos que perdurarían en nuestra memoria. Para mí lo fue
realmente; esta fotografía me ha acompañado desde entonces y ha viajado conmigo
por todos los lugares en los que ha transcurrido mi vida. La maestra, Doña
Carmen se llamaba, nos había informado con antelación de la llegada del
fotógrafo; el día señalado debíamos ir a la escuela bien peinados y con la ropa
de los domingos.
A la hora de hacer los retratos, Doña Carmen colocó una tela
floreada sobre una de las paredes; así se tapaba algún desconchón, al tiempo
que la escena aparecía más luminosa. Delante de este telón de fondo, un
pupitre. Sobre él, un libro abierto, una enciclopedia tal vez. Nos fuimos
sentando uno a uno en aquella vieja mesa con el libro al lado y un cuaderno en
el que simulábamos escribir algo. La pluma estilográfica era de la maestra;
nosotros no teníamos más que la clásica plumilla acoplada a un palillero. ¡Ay
aquellas sencillas plumas que se volvían inservibles tan pronto como se
apretaba un poco sobre el papel! En cada pupitre había un orificio destinado al
tintero en el que introducíamos la plumilla para escribir. ¡Cuántos borrones,
cuánta tinta sobre los cuadernos! Los bolígrafos llegaron más tarde y eran muy
malos; o no escribían apenas o desprendían tanta tinta que atravesaba las hojas
de los cuadernos y hacían inservible la parte posterior de las mismas.
Pocos días después de la sesión fotográfica la maestra llegó
con las fotos; venían enmarcadas de manera sencilla; sobre una cartulina de
color crema se había pegado la fotografía dentro de un espacio resaltado por
una orla elemental. Un cristal por delante y un cartón blanco por detrás
sujetos con cinta adhesiva les conferían carácter duradero y permitían colgar
las fotos. En la parte superior, el curso; a la sazón 1953-54. En el pie, con
letras capitales, RECUERDO DE MI COLEGIO. Sonaba bastante pretencioso; era una
escuela humilde y con no pocas carencias. Pero, ¿Por qué los pobres no podemos
permitirnos alguna inocente vanidad?
Como decía al principio, nunca me he separado de esta
fotografía; el cristal ha mantenido bastante bien los colores y los tonos; en
la parte posterior hay dibujada, a lápiz, una flor; también ella se ha
mantenido con aceptable nitidez.
¡Tantas veces he contemplado esta fotografía, tantas veces me
he contemplado a través de ella…!
Han pasado muchos años desde los tiempos de aquella foto, tantos que se llevaron los recuerdos. Al mirar esta imagen, no puedo saber lo que sentía o pensaba setenta años atrás; apenas tengo memoria de las circunstancias que la rodearon.
¿Habría en mi mente aquel lejano día del curso 1953-54
pensamientos de futuro? Me atrevo a dudarlo. En ese tiempo sólo existía el
presente; el futuro era algo que, para mí, como para tantos niños de mi edad,
no tenía sentido. Sólo existía lo inmediato; apenas era perceptible el día
siguiente, pero no más.
Hoy me cuesta mucho no sentirme como un extraño al contemplar
la foto; alguien distinto. Yo era ese niño, es cierto, pero ahora me encuentro
fuera de él y lo miro como el fotógrafo que tomó la instantánea. Puedo
describir su aspecto, su mirada un tanto tímida que hace frente y, al mismo
tiempo, parece evitar a la cámara; el gesto de sus labios que quedaron fijos en
el intento de una sonrisa; la mano decidida que sostiene con seguridad la
pluma…
¿Podría preguntarle, preguntarme, qué pensaba, qué veía más
allá del objetivo? ¡Cuánto me gustaría poder hacerlo…! Cambiar la historia de
mi vida es imposible, pero quisiera retroceder y situarme ante la cámara de
Víctor, el fotógrafo, con el bagaje de mis años vividos…
Estoy ahora en la escuela de mi pueblo; son los primeros días
de septiembre de 1953. La foto será un RECUERDO DE MI GOLEGIO, un recuerdo de
uno de los momentos más importantes en el devenir de mi vida.
—Mira a la cámara —me dice el fotógrafo.
Yo lo intento, pero, quizá por la luz del flash, giro un
poquito la cabeza y mi mirada se desvía levemente…
Esa mirada, un tanto oblicua, pero sin perder de vista el
objetivo, ha sido mi manera de proceder después en la vida; la forma de
enfrentar problemas, de tomar decisiones. Esa manera no directa de mirar al
frente me ha conducido a tener en cuenta aspectos y circunstancias en el
entorno de los hechos y vicisitudes de mi vida. Siempre he querido tener
dominado o conocer el entorno, la periferia de las situaciones y sus
alternativas. Por ese afán de control, de duda sistemática, de indecisión,
perdí oportunidades que tal vez hubieran llevado mi vida por otras dimensiones.
¿Y ese intento de sonrisa que el fotógrafo congeló? También,
también ha sido una constante en mi vida. Penas y alegrías se han alternado en
ella. Sufrimientos y desgracias hubo muchas; me entristecieron y me
entristecen. Las alegrías, abundantes también, me hicieron reír y gozar, pero
nunca, ni unas ni otras, me desbordaron. La risa no ha sido alboroto ni
descontrol; las lágrimas, casi siempre fueron hacia adentro.
Toda la indefinición que emana de los ojos y de los labios
contrasta con la decisión con que sujeto la pluma y el ansia contenida de
escribir en el cuaderno; parece que le diga al fotógrafo que se apresure, que
tengo trabajo por hacer. Esto iba a ser el principio de mi futuro.
Yo era hijo de agricultores. Antes de acabar la Enseñanza
Primaria en la escuela del pueblo, el azar o la suerte, ¡quién sabe!, me
condujeron a una Escuela de Capacitación Agrícola. Fue el inicio y, a partir de
aquí, siempre en internados y con becas de estudio, las posibilidades
económicas de mis padres eran bastante limitadas, realicé el Bachillerato y el
Preu. Después la Universidad, las oposiciones y la Enseñanza. Esta vida de
estudio la marcan el cuaderno y el libro a mi lado. No sería agricultor en un
pueblo de Castilla; sería profesor muy lejos de allí.
No puedo olvidar el gesto de la pluma entre los dedos y la
firmeza de la mano al sujetarla; ¿era una premonición? Tal vez. Diversas
circunstancias me llevaron, primero a disfrutar y sentirme a gusto con las
redacciones que en clase de lengua encomendaban los profesores, después a
apasionarme con la literatura.
Se aceleró todo un día cuando yo cursaba tercero o cuarto, no me alcanza
la memoria a ser preciso, de aquel viejo Bachillerato Elemental. Estaba interno
en un Centro regentado y administrado por los Padres Salesiano. Allí los curas
organizaban las distintas asignaturas a su albedrío y conveniencia. Los
estudios se homologaban o convalidaban, en el Instituto al que estuviéramos
adscritos, realizando las preceptivas reválidas al final de los cursos cuarto y
sexto.
Don Carlos era el profesor de Lengua y Literatura. A parte del estudio de
autores y comentarios de algunas obras importantes, del aprendizaje memorístico
de poemas, nos enseñó también a medir versos, recursos literarios y estrofas.
Nos decía que la mejor manera de aprender su estructura era componer una de
cada tipo. Como nuestro éxito era limitado, se conformaba con el intento; pero
no nos eximía de aprender su organización y la integración de los versos dentro
de ellas.
Fue avanzando el curso, lentamente como la vida del internado. Un día, el
profesor, nos habló detenidamente del soneto, de su dificultad no tanto formal
como de manejo y expresión certera de la idea o concepto que expresa. Tanto era
así que un buen soneto podía definir a un poeta. “Tendré por poeta a quien de
vosotros sea capaz de escribir uno”, nos dijo en una clase. Ese era el reto y
la meta al mismo tiempo, propuestos de manera informal y lúdica.
Como algunos otros compañeros, yo también acepté el envite. Tras muchos
esfuerzos y tentativas, dejarlo por imposible y retomarlo de nuevo, conseguí
componer uno. No lo recuerdo; seguro que era un triste conjunto de ripios y versos
cojos, pero formalmente era un soneto y yo, un poeta. ¿Fue una premonición inconsciente la
estilográfica en mi mano dispuesta a escribir sobre el cuaderno? A partir de
aquel olvidado soneto empecé a componer versos y escribir poemas. Poco recuerdo
de aquellos escritos. Casi todos encargos de colaboraciones para las
actividades que se llevaban a cabo en el Centro: fiestas, celebraciones,
veladas de fin de año…
Esta afición no la perdí nunca, pero no ha sido continua. He alternado
periodos de mucha actividad con otros de ninguna. Desde los años ochenta no
había vuelto a coger la pluma para escribir nada. El año pasado en Caligrama me
inscribí en el taller de Creación y Expresión Literaria; esta circunstancia me
incitó a retomar la actividad que he continuado durante el curso actual en el
Taller de Escritura Creativa. Y lo hice de la misma manera que lo empecé en los
lejanos días de las clases de Literatura con Don Carlos. Componiendo un soneto.
Su título, Volver.
VOLVER
Hoy decido
volver a la escritura,
a plasmar en palabras emociones,
sentimiento, alegrías, ilusiones,
penas también, tristezas y amargura…
¿Quién me
incita a iniciar esta locura,
a embarcarme de nuevo en sensaciones
encontradas de triunfo y frustraciones,
a perder la cabeza, la cordura…?:
Yo mismo que
recuerdo mi pasado,
mis días de estudiante adolescente
soñando en un soneto y ser poeta…
Pasó aquel
tiempo, mas sigo empeñado
en crear el soneto nuevamente.
Y sí, esta vez también llegué a la meta.
De nuevo ahora frente a la foto tengo la sensación de estar en perfecta
sintonía con el niño que fui. Pudo haber otros caminos; seguro; ¿mejores?,
distintos, por lo menos. Pero, si el niño de la fotografía hubiera podido
prever todo lo acontecido después, seguro que mantendría serena, aunque un
tanto indecisa, la mirada ante el fotógrafo. Poco exigente, como todos los
pobres y escasos de fortuna, pensaría que ese futuro imaginado no sería un mal
futuro.
Paulino Carasa
MEMORIA LEJANA. FOTO.
Somos cuatro hermanos de los cuales yo soy la mayor. En la foto elegida y que me transporta al pasado nos encontrábamos en el tercer piso de la Nueva Ciudad. El mueble que aparece de fondo es de los primeros que tuvimos. En ese momento de la instantánea llamaron al timbre y acudí yo a abrir. Cual fue la sorpresa de ver qué era un fotógrafo, ya que observé sus aparatos. Fui a avisar a mi madre para decírselo y me alegré mucho. Se ofrecía para hacernos unas fotos con mis tres hermanos. El menor estaba durmiendo la siesta. Entonces fui yo toda decidida para espabilarlo y lo llevé al salón. Como no había tiempo de cambiarlo lo dejamos en pijama y yo lo acomodé encima de mí, por eso está tan despistado.
Las fotos salieron preciosas. También nos las
hizo por individual, aunque con el tiempo se extraviaron dos. Yo me llamo
Esther, mi hermana Sara, mi otro hermano José Luis y el menor Nacho. Fue una
bonita experiencia, sobre todo ahora que ya somos adultos y me gusta verla de
vez en cuando ya enmarcada en el salón.
Esther Moran Bueno


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