domingo, 6 de abril de 2025

 

MAMÁ ESTÁ HACIENDO UN BIZCOCHO


Éramos niños. Mi hermano, menor en edad, debía esperarme al salir del colegio para, en mi compañía, ir a casa. Aunque en el pueblo todos éramos conocidos y los riesgos o peligros estaban ausentes, las instrucciones de nuestros ancestros eran que regresásemos juntos. Y así los hacíamos. Cada día, salvo circunstancias ajenas o especiales (enfermedad, excursión u otras).

A pesar de tomar a media mañana una pieza de fruta o algún piscolabis durante el recreo, sobre las dos de la tarde cuando llegábamos a casa para el almuerzo, los estómagos recibían órdenes neuronales del cerebro y gritaban desesperados que se arrojara en ellos comida. En una palabra, más entendible, llegábamos a casa con un hambre feroz. Y aquí es cuando de nuevo otras neuronas de los millones que funcionan en nuestra sesera conectaban con la pituitaria nasal golpeándola cruelmente con aromas y olores que te hacían maldecir, aun siendo niños, todo lo que se movía. Y es que en llegando a las inmediaciones de la casa donde vivíamos y entrando al patio frontal, con las ventanas abiertas de la cocina que la madre abría para ventilar, llegaban los olores a comida que despertaban todos los jugos gástricos acumulados en el aparato digestivo. Recordar el olor de aquellos ricos guisados de carne con patatas, o tortilla española, o macarrones con tomate, o chicharro al horno con patata panadera, o unos cuantos más. Pero hay uno grabado a fuego en la memoria que provoca en mi ánimo sensaciones especiales y la verdad, no sé cómo explicar el por qué, pero lo recuerdo con excepcional ilusión. Es el olor del bizcocho que hacía mi madre. Alguna vez la acompañé en su tramitación y observé los ingredientes que eran sencillos: huevos, harina, agua, y algunas esencias que yo no conocía. Ah, y un chorrito de anís, me dijo cuando le pregunté que era aquello blanco y pastoso que salía de la botella. Fuese como fuese el aroma que generaba aquel pastel o bizcocho cuando se orneaba llegaba hasta la calle y era cuando a mi hermano, al volver de la escuela, le decía “mamá está haciendo bizcocho”. Que rico.

Pedro Rodríguez



EL CONDENADO OLFATO


A mi primo Luis, que vive en Móstoles, el Coronavirus dichoso le pillo allá por el mes de junio de hace cinco años. Me contaba en comunicación telefónica que lo había pasado bastante mal, que varios días estuvo en cama con síntomas de fiebre y malestar y que, una vez mejorado, que no curado, empezaba a vivir con cierta normalidad. Dichoso bichito asqueroso, me decía. Bueno en realidad usaba unos términos más obscenos y escabrosos para referirse al “bichito”, pero no son para transferir al papel.

Total, primo, me contaba, que por culpa del Covid-19 he perdido el olfato. Que no huelo nada, pero nada de nada. Ostras tú, pues sí que te dejó secuelas graves el virus. ¿Pero no percibes aroma ninguno? le pregunté. Nada de nada, primo. Ni perfumes, ni guisos, ni flores, ni frutas, nada de nada. ¡Qué putada, primo!, tranquilo, quizás lo recuperes con el tiempo, suele ocurrir. Además, así tampoco tienes que sufrir los olores putrefactos y guarros que también los hay, le animaba yo.

Dos años después nos vimos en el pueblo donde ambos nacimos. Nos saludamos y me informó sin darme tiempo a preguntarle que recién había adquirido de nuevo el sentido del olfato. Me explicó, con entusiasmo, que hacía ya unos meses empezó a vivir sensaciones agradables ante aromas fuertes, como que empezaba percibir de nuevo el olor de perfumes, de comidas concretas, de limones cortados, y algunos otros más fuertes y desagradables. Ya te puedes imaginar primo, me dijo riéndose. Y que estaba muy feliz, que volvía a celebrar la vida. No sabes cómo lo celebro Luis, le dije, me alegro mucho porque, la verdad, sin olfato debe ser muy difícil alcanzar una actividad vital de normalidad, y más habiéndolo disfrutado siempre con anterioridad. Hombre, sí. Tienes razón, es una gran desgracia perder el sentido del olfato, además, así de golpe. Y, te lo juro, recuperarlo, aunque sea poco a poco, volver a oler los aromas del mundo que nos rodea es una gozada. Incluso aquellos aromas como el pestilente olor de los huevos podridos o el hedor del azufre de la coliflor al cocer, la halitosis de mi vecino y todos los que te puedas imaginar como provocadores de lo apestoso, pues incluso todos ellos, sí me resultan desagradables, pero volver a percibirlos me produce una gran alegría. Aun así, prefiero no sentirlos, me dijo con risas. Lo cierto es que estoy muy contento. Y nos fuimos al bar a celebrarlo. Y servidas las copas de vino me propuse a realizar un brindis por su recuperación olfativa, pero con un gesto de la mano me detuvo y, antes del brindis acercó su copa a la base de su nariz y, cerrando los ojos, aspiró con fuerza el aroma de los taninos del mosto de uva fermentado acompañado de un largo suspiro. Brindamos e ingerimos con alegría y satisfacción el rico caldo.

Pedro Rodríguez

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