domingo, 9 de marzo de 2025

EL PERFUME

Era una niña vivaracha, juguetona, alegre…como todas las niñas de cuatro años. Un día su abuela le propuso hacer, las dos juntas, un pastel. A la niña le encantó la idea y no se separó de su abuela hasta que se pusieron manos a la obra.

Primero habría que tener todos los ingredientes; la abuela fue enumerándolos uno a uno hasta comprobar que todos estaban preparados. La base para aquel pastel era la leche, pero leche fresca, recién ordeñada. La abuela, previsora, ya la había comprado en la lechería. Le contó a su nieta que la leche fresca debía ser hervida antes de tomarla o usarla para hacer el pastel. La niña no entendió las explicaciones; ella estaba ilusionada con el pastel.

La abuela puso al fuego un recipiente con la leche dentro; mientras empezaba a calentarse hasta que hirviera irían preparando y organizando el resto: moldes, huevos, azúcar, harina…Entretenidas como estaban en estos menesteres no se percataron de que la leche había comenzado a hervir. Fue la abuela la que percibió de inmediato el olor desagradable de la leche que se quemaba y rebosaba la cazuela que estaba sobre el fuego de la cocina.

-        Tendremos que ir a comprar más leche; esta se ha quemado, - dijo la abuela.

-        ¿Cómo lo sabes, abuela?, - preguntó inocente la niña.

-        Por el olor, hija. ¿No hueles a quemado?

La niña no apreció ningún olor, pero no dio ninguna importancia a aquel hecho ni se preocupó en exceso; comprarían más leche y todo arreglado.

Desde aquel día, la niña oyó muchas veces hablar de olores y de aromas, pero ella no sentía nada especial ni los distinguía.

Así pasaron años y, con ellos, la niña fue creciendo y transformándose en adolescente, primero y en jovencita, después. Con la edad llegó también la preocupación porque no entendía las referencias que su familia y amigas hacían a los olores; era incapaz de comprender algo que nunca había experimentado y se sentía distinta, inferior incluso, al resto de la gente. ¿Tendría remedio esa anomalía suya?

Consultó a sicólogos, médicos, científicos…para que le procuraran algún remedio, si lo había. Después de mucho tiempo de indagaciones y consultas le ofrecieron una respuesta positiva. Debería someterse a un tratamiento lento y costoso para estimular ciertos órganos y terminaciones nerviosas de su cuerpo hasta que este fuera capaz de detectarlos. Sería largo y requeriría paciencia y disciplina.

Años llevaba siguiendo estrictamente todas las prescripciones, observando al detalle cada pormenor. A veces parecía que experimentaba alguna sensación olfativa, pero eran más bien ilusiones, deseos de percibir aquello que le describían.

Cierto día, una compañera le pidió que le acompañara a una tienda de cosmética; quería comprar maquillaje, pintauñas y perfume. Al perfume no le daba ninguna importancia nuestra joven, pero le gustaba maquillarse un poquito y llevar las uñas pintada.

La amiga se entretuvo en probar algunos perfumes; se ponía unas gotas en el dorso de la mano y aspiraba su olor buscando uno que le agradase más. Se le ocurrió decirle a su amiga que probase ella si apreciaba las diferencias entre unos y otros. Le costó disimular lo que le parecía una broma de su amiga; después pensó en todo el proceso que había seguido hasta entonces sin obtener resultados positivos. ¿Por qué no? Acercó su nariz a la mano de su amiga…nada.

-        ¿Puedes ponerme a mi otro perfume distinto en mi mano?

-        Claro. -contestó extrañada y expectante la amiga.

Llevó ahora su mano a la nariz; aspiró por ella; extendió unas gotas de otro perfume distinto; volvió a aspirarlo y…se frotó la nariz; había sentido algo nuevo, como un aire fresco, algo indefinible. Quedó callada, sorprendida, inmóvil; su vista, un tanto perdida y extrañada, se cruzó con la de su amiga.

-        ¿Te sucede algo? Le interrogó esta preocupada

-        No, no; sólo que he sentido algo distinto, nuevo, como si el líquido de ese perfume tuviese vida; ascendió hasta mi cerebro y me refrescó por dentro; la misma sensación que produce el alcohol sobre la piel; no se expresarlo.

Excitada siguió aplicando a su mano gotas de otros perfumes y, asombrada, constató que eran distintos; que tenían matices diferentes, aunque no podía expresarlo con palabras. Se abrazó a su amiga y lloró de alegría. ¿Habría conseguido al fin estimular aquellas ramificaciones nerviosas insensibles hasta ahora? Y se acordó por un momento del pastel que hiciera, tanto tiempo atrás, con su abuela. Tal vez ahora pudiera distinguir el olor de la leche quemada.

Paulino Carasa


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