Era una niña vivaracha, juguetona, alegre…como todas las niñas de cuatro años. Un día su abuela le propuso hacer, las dos juntas, un pastel. A la niña le encantó la idea y no se separó de su abuela hasta que se pusieron manos a la obra.
Primero habría que tener todos los ingredientes; la abuela
fue enumerándolos uno a uno hasta comprobar que todos estaban preparados. La
base para aquel pastel era la leche, pero leche fresca, recién ordeñada. La
abuela, previsora, ya la había comprado en la lechería. Le contó a su nieta que
la leche fresca debía ser hervida antes de tomarla o usarla para hacer el
pastel. La niña no entendió las explicaciones; ella estaba ilusionada con el
pastel.
La abuela puso al fuego un recipiente con la leche dentro; mientras
empezaba a calentarse hasta que hirviera irían preparando y organizando el
resto: moldes, huevos, azúcar, harina…Entretenidas como estaban en estos
menesteres no se percataron de que la leche había comenzado a hervir. Fue la
abuela la que percibió de inmediato el olor desagradable de la leche que se
quemaba y rebosaba la cazuela que estaba sobre el fuego de la cocina.
-
Tendremos
que ir a comprar más leche; esta se ha quemado, - dijo la abuela.
-
¿Cómo
lo sabes, abuela?, - preguntó inocente la niña.
-
Por
el olor, hija. ¿No hueles a quemado?
La niña no apreció ningún olor, pero no dio ninguna
importancia a aquel hecho ni se preocupó en exceso; comprarían más leche y todo
arreglado.
Desde aquel día, la niña oyó muchas veces hablar de olores y
de aromas, pero ella no sentía nada especial ni los distinguía.
Así pasaron años y, con ellos, la niña fue creciendo y
transformándose en adolescente, primero y en jovencita, después. Con la edad
llegó también la preocupación porque no entendía las referencias que su familia
y amigas hacían a los olores; era incapaz de comprender algo que nunca había
experimentado y se sentía distinta, inferior incluso, al resto de la gente.
¿Tendría remedio esa anomalía suya?
Consultó a sicólogos, médicos, científicos…para que le
procuraran algún remedio, si lo había. Después de mucho tiempo de indagaciones
y consultas le ofrecieron una respuesta positiva. Debería someterse a un
tratamiento lento y costoso para estimular ciertos órganos y terminaciones
nerviosas de su cuerpo hasta que este fuera capaz de detectarlos. Sería largo y
requeriría paciencia y disciplina.
Años llevaba siguiendo estrictamente todas las
prescripciones, observando al detalle cada pormenor. A veces parecía que
experimentaba alguna sensación olfativa, pero eran más bien ilusiones, deseos
de percibir aquello que le describían.
Cierto día, una compañera le pidió que le acompañara a una
tienda de cosmética; quería comprar maquillaje, pintauñas y perfume. Al perfume
no le daba ninguna importancia nuestra joven, pero le gustaba maquillarse un
poquito y llevar las uñas pintada.
La amiga se entretuvo en probar algunos perfumes; se ponía
unas gotas en el dorso de la mano y aspiraba su olor buscando uno que le
agradase más. Se le ocurrió decirle a su amiga que probase ella si apreciaba
las diferencias entre unos y otros. Le costó disimular lo que le parecía una
broma de su amiga; después pensó en todo el proceso que había seguido hasta
entonces sin obtener resultados positivos. ¿Por qué no? Acercó su nariz a la
mano de su amiga…nada.
-
¿Puedes
ponerme a mi otro perfume distinto en mi mano?
-
Claro.
-contestó extrañada y expectante la amiga.
Llevó ahora su mano a la nariz; aspiró por ella; extendió
unas gotas de otro perfume distinto; volvió a aspirarlo y…se frotó la nariz;
había sentido algo nuevo, como un aire fresco, algo indefinible. Quedó callada,
sorprendida, inmóvil; su vista, un tanto perdida y extrañada, se cruzó con la
de su amiga.
-
¿Te
sucede algo? Le interrogó esta preocupada
-
No,
no; sólo que he sentido algo distinto, nuevo, como si el líquido de ese perfume
tuviese vida; ascendió hasta mi cerebro y me refrescó por dentro; la misma
sensación que produce el alcohol sobre la piel; no se expresarlo.
Excitada siguió aplicando a su mano gotas de otros perfumes
y, asombrada, constató que eran distintos; que tenían matices diferentes,
aunque no podía expresarlo con palabras. Se abrazó a su amiga y lloró de
alegría. ¿Habría conseguido al fin estimular aquellas ramificaciones nerviosas
insensibles hasta ahora? Y se acordó por un momento del pastel que hiciera,
tanto tiempo atrás, con su abuela. Tal vez ahora pudiera distinguir el olor de
la leche quemada.
Paulino Carasa
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