El estadio
El estadio está repleto. Un aforo propio de un partido importante. El griterío es atronador.
El árbitro hace sonar su silbato tres veces con contundencia y señala extendiendo el brazo hacia un lateral del campo. Es el descanso. Se retiran jugadores y colegiados hacia el túnel de vestuarios. El alboroto gritón de las gradas se transforma en un remanso de voces y comportamientos. Es el momento de relajarse. Cierro los ojos e intento alcanzar el sosiego tras la ansiedad generada por los nervios del partido. El equipo que quiero que gane no está jugando muy bien y el resultado es de empate. Y extendiendo mi cuerpo hacía atrás y con los ojos cerrados escucho. Y oigo a mi derecha el ruido que provoca romper un envoltorio de papel y el click de abrir una lata de refresco. Bocadillo y cerveza, pienso. Hacía mi izquierda voces de varón comentan aquella jugada que no terminó en gol porque había fuera de juego. No están muy convencidos de que existiera fuera de juego, pero, dicen, el árbitro es casero y nos pita en contra. Deduzco que son seguidores del equipo contrario al local. A mis espaldas escucho unas sonoras carcajadas y un comentario sobre un video gracioso de Tik Tok que visionan en el móvil, según comentan. Deduzco que son chicos jóvenes por el tono de sus voces y comentarios. Por delante, tres o cuatro escalones debajo de mi asiento, oigo la voz de una mujer advertir a un niño que se esté quieto de una vez y termine de merendar. También se oye voz de varón diciéndole al niño que no vuelve al fútbol si desobedece y se porta mal. Todo ello envuelto en un gran murmullo y miles de conversaciones y susurros que, si las localidades tuviesen unas sillas más confortables, mi relajación me hubiese transportado a los brazos de Morfeo. Seguro. Y me despertaría el árbitro con sus toques intensos de silbato cuando comenzase el segundo tiempo.
Por cierto, ahí está ya el colegiado y los jugadores. Suena de nuevo el silbato y comienza la segunda parte. Vuelve el griterío y el alboroto. Y vuelven la ansiedad y los nervios. A sufrir.
Pedro Rodríguez
ESCUCHAR SIN VER
Me encuentro en la terraza de casa, sentado en un sillón cómodo y con un libro en las manos. La temperatura es agradable, la lectura interesante y todo apropiado para disfrutar. Pero mira tu por donde la vecina enciende el televisor, aumenta el volumen y abre la ventana para refrescar. Total, que cierro el libro, entorno los ojos, me recuesto en el sillón y escucho los diálogos que transmite el aparato audiovisual de la vecina.
Imagino la escena. Un lugar cerrado, quizás el salón de una casa. Suena una música de ambiente que induce a pensar se trata de diálogos sobre un tema que requiere seriedad en su tratamiento. Se oye una voz de mujer, aparentemente mayor. Su tono es sereno, grave, habla en castellano y en pretérito. Parece ser que está relatando a los escuchantes algo ocurrido hace algunos años en una ciudad en la que residían antes de emigrar a la que en el presente tienen su domicilio. Hablaba de una desgracia habida en su entorno que había obligado a toda la familia a buscar nuevos horizontes en otro lugar. Una voz mas joven replica ahora y contesta a la anterior manifestándose con enfado y dolor porque, dice, nunca nadie la había informado de tales hechos y cree que tenía derecho a saber todo lo que concierne a su familia para así poder tomar en consideración los hechos y tomas sus propias decisiones. Quería seguir hablando, pero entonces una voz de varón, creo que también mayor, quizás incluso de edad avanzada, con tono grave y serio ordenó callar a la mujer joven y defendió le decisión que habían tomado de no informarla sobre los hechos para ahorrarle sufrimiento porque, consideraron, su edad no le parecía apropiada para gestionar hechos tan graves. Sigue un silencio. El volumen de la música aumenta y provoca sensación de ambiente tensionado. Se escucha abrir una puerta y alguien entra alterando la escena y gritando. Es voz de varón, aparentemente joven. Alguien grita. Se oye un disparo. Siguen más gritos. La tensión es máxima.
Vaya por Dios, ahora que estaba yo con máximo interés la vecina apaga el televisor y ya no sé si los gritos fueron de ella o de los interpretes del drama. En fin, vuelvo a coger el libro y sigo leyendo.
Pedro Rodríguez
UNA TERTULIA DE RADIO
Tengo la costumbre inveterada de sintonizar la radio mientras desayuno. Cada mañana, cuando me siento a la mesa, casi como un autómata, presiono la tecla de encendido para escuchar las noticias. Es una rutina que sólo interrumpo si estoy de viaje o en otros lugares distintos de mi casa; siempre escucho la misma emisora, por eso no muevo el dial; sí, el dial; en eso sigo siendo analógico. Convivo con esta radio, o tal vez sea ella la que convive conmigo, hace treinta años; me es fiel; no me falla nunca, a no ser que por circunstancias del tiempo atmosférico se crucen las ondas y se produzca ruido; esa deficiencia hace que los sonidos se vuelvan totalmente inconexos e inentendibles.
Hace unos días, ya estaba yo con las tostadas preparadas y el café en su punto, cuando una serie de interferencias me obligaron a levantarme de la mesa para ajustar mejor la sintonía. Fue imposible; no podía distinguir las palabras del locutor; quedaban solapadas en un conjunto informe de estridencias.
En vez de pulsar la tecla de apagado moví el dial a un lado y otro tratando de sintonizar mejor la emisora. O encontrar otra también emitiendo noticias. En vano; aun a riesgo de que se enfriara el café y las tostadas quedaran fuera de punto, seguí en mi empeño. De pronto, en ese ajetreo de búsquedas, en uno de los puntos de la banda de emisoras, sonó nítida y transparente una música que yo conocía. Instintivamente me detuve; aquellos sonidos eran agradables y me transportaban a momentos ya pasados, a la vez que me traían recuerdos imprecisos. Volví a la mesa; hoy desayunaría escuchando música en lugar de noticias.
Unos minutos después cesó la música y se impuso la voz bien modulada de un locutor; me pareció una persona joven, pero muy experimentado en diversas lides radiofónicas. Por la manera de expresarse, entendí que conducía y moderaba una tertulia; esta debía de haber empezado antes del corte musical pues no hizo ninguna presentación de los personajes que en ella intervenían.
El primero que tomó la palabra fue un hombre; por su manera de hablar y expresarse, yo diría que se trataba de una persona de mediana edad, con experiencia en negocios de barcos fluviales orientados al turismo de paisaje en entornos rurales. Lo imaginé bien vestido, con traje azul claro; seguro que su rostro denotaba interés en el tema
Después habló una mujer; tenía una voz suave, pero monótona, con pocas inflexiones, sin cambio apenas de registro. La imaginé alta, bien vestida, pelo oscuro, recogido por detrás en una especie de cola de caballo. Diría que era guapa, pero, al mismo tiempo, carente de atractivo Hacía referencia a rutas, tanto a pie como en bicicleta, que discurrían entre viñedos. Supuse que estaría relacionada con alguna agencia o empresa de turismo que buscaba atraer visitantes a zonas alejadas de las grandes ciudades en busca de naturaleza pausada y relajante. Pero sus palabras carecían de entusiasmo y tenían más tintes de ser obviedades que de resaltar los atractivos de los lugares sobre los que giraba la conversación de los tertulianos.
Hablaron más personas, pero yo no podía saber aún qué se debatía en aquella tertulia. Ya había terminado de desayunar, no obstante, me pudo la curiosidad y decidí seguir escuchando. Habló otra persona; era un lugareño, alguien que conocía la zona, su voz le delataba y dejaba al descubierto su expresión poco cuidada; sin embargo, sus conocimientos sobre los lugares a los que se referían eran muy precisos. Estoy seguro de que se trataba de un señor mayor; aunque no lo dijo, yo sobreentendí que había pastoreado rebaños de ovejas y cabras en esas zonas. Tal vez fuera el contrapunto al resto de intervinientes.
Otra persona más intervino en el debate; su voz indefinida no me permitió discernir con exactitud si era hombre o mujer. No es que hablase con desgana, pero daba esa sensación; es como si estuviera de vuelta de todo lo que los otros decían, como si sus argumentos no tuviesen validez para él; no intentaba rebatirlos; tan sólo exponía los suyos y parecía tener la certeza de que estos eran superiores a todos los demás que allí se estaban exponiendo. En su intervención mencionó como de pasada una vieja estación de ferrocarril abandonada hacía tiempo; Barca d’Alba, dijo.
Desconecté la radio; ya había oído bastante; aquellos tertulianos, estoy seguro, discutían y debatían aspectos relacionados con turismo de naturaleza. Los viñedos que crecen en las márgenes del río Duero y ascienden por las suaves pendientes del valle. Estos y el río componían un binomio de posibilidades de desarrollo turístico extraordinario.
El río Duero es navegables desde que sale de España en Barca d’Alba hasta Oporto. Cuando llega a los Arribes gira hacia el Atlántico; se ensancha y su corriente se torna más pausada. En aquella tertulia se debatía sobre cuestiones turísticas relacionadas con la navegación por el Duero combinada con el aprovechamiento de las rutas que se abrían entre los viñedos y que recorrían las localidades del valle. Rutas a pie o en bicicleta ofertadas desde el propio barco, que sería la residencia y el trasporte de los turistas. Al mismo tiempo se promocionarían los excelentes vinos de la zona.
Aquella tertulia, o parte de ella, hizo crecer en mi el deseo de visitar esos parajes y disfrutar de los paisajes. Iría algún día, seguro. Lo haría en otoño, poco antes de la vendimia para gozar de ese estallido de colores ocre, rojizo, siena, amarillo pálido de los viñedos. Y sentarme al atardecer en algún pequeño embarcadero para llenar mi espíritu de la mansedumbre del río mientras lentamente se desliza por sus aguas todo el colorido otoñal de las colinas que lo rodean a la vez que el sol va poniéndose allá en la lejana línea que marcan las aguas y el cielo abrasado de luces imposibles y claroscuros hundiéndose en el río.
Pero mañana, a la hora del desayuno, seguiré con mi emisora de noticias, si las ondas hercianas no enloquecen.
Paulino Carasa
EL DESCANSO DEL PARTIDO
Muchos años atrás había sido socio del club local de baloncesto. Después de unos partidos vibrantes frente a rivales complicados, logró el ascenso a la categoría más alta del basket nacional.
Durante algunas temporadas, el equipo se mantuvo en la categoría. Yo disfrutaba enormemente de aquellas tardes de encuentros frente a los equipos más fuertes y punteros de la división. El pabellón, por momentos, era un clamor de gritos de ánimo y cánticos de alegría; otras veces, en situaciones decisivas, había un silencio expectante; entonces sólo se oían los sonidos agudos, casi metálicos, de las zapatillas de los jugadores en sus roces y resbalones sobre el parquet; sonaban nítidas las órdenes de los técnicos y el silbato de los árbitros restallaban como un látigo invisible.
Llegó un día en que la normativa federativa obligó a hacer cambios en las sociedades deportivas. La nuestra no fue una excepción. Y con ella vino la decadencia. Se cruzaron intereses políticos, económicos, administrativos…que afectaron a la estructura del equipo. Se perdió la categoría y lo trasladaron a la capital de la Comunidad.
Estos últimos años ha surgido un nuevo equipo en la localidad que pelea por mantenerse en una categoría intermedia del baloncesto. Dos semanas atrás, decidí asistir a un partido. Tal vez me animara de nuevo y me hiciera socio.
Dentro ya del pabellón, me sentí un poco extraño; habían cambiado tanto las cosas…El recinto no estaba lleno, pero, aun así, el ruido era considerable: voces, gritos, chillidos, sonidos terriblemente agudos y monocordes de una especie de trompetillas, golpeo de bombos y tambores… ¡Qué sería con el pabellón lleno!
El partido estaba resultando entretenido. El equipo rival oponía fuerte resistencia; por ello los gritos de ánimo de los seguidores locales llenaban el pabellón; eran continuos, sin descanso y casi ahogaban los sonidos chillones de aquellas trompetillas inmoduladas.
Llegó el descanso y pareció que el pabellón recobraba la calma y la tranquilidad. Fue sólo una sensación momentánea; enseguida los ruidos, voces, conversaciones a gritos, se mezclaron de tal manera que me sentía como si flotara en un mar espeso entre olas con aristas que se clavaban en mis oídos y hasta en mi ánimo.
Dos filas de asientos más abajo de donde yo estaba alguien hablaba a no sé quién; yo le veía mover los labios, pero no podía oír ni entender sus palabras; detrás de mi estaban sentados unos mozalbetes con esa especie de trompetillas dichosas haciéndolas sonar desaforadamente. Cuando estos cesaban en sus trompetazos, discusiones y voces ascendían desde las zonas más próximas a la pista mostrando un descontento acalorado hacia la mesa de asistentes arbitrales. Por encima de ellas, surgió potente y descontrolada otra voz; no, no era voz, era un rugido: “Entrenador, inútil; si no sabes hacer más, vete a tu casa”. La respuesta inmediata, “vete tú, payaso”, atravesó el griterío como una exhalación que llegó nítida hasta la última gradería. Indiferente a esta parafernalia, un vendedor de refrescos y bocadillos se desgañitaba en vano pregonando su mercancía. Ahora, el speaker, para hacer más llevadero el descanso del partido, voceaba comiéndose casi el micrófono, algo referente a un concurso de enceste por parte de los aficionados; unos pocos salieron trotando hacia él; empujones y golpes hasta hacerse con los balones que estaban en un cesto.
Mientras, por los pasillos del graderío, carreras y saltos de niños y jovenzuelos; atropellando y molestando a los espectadores que se habían levantado a charlar o cambiar impresiones con conocidos situados en otras filas de asientos.
Silbidos, improperios, insultos irrepetibles hacia los jugadores del equipo contrario al salir de los vestuarios por una puerta lateral. Más atronador fue un momento después el ruido de los instrumentos de viento y percusión, los golpes en el piso y en los respaldos de los asientos al entrar en la pista los jugadores locales. No podía entender las palabras, entre soeces y festivas, que eran dirigidas al trío arbitral en su acceso a la cancha; el festival de silbidos y sonidos guturales se imponía por encima de todo. Una voz en off, imposible de entender, intentaba recordar a los asistentes que ocupasen sus localidades.
Por fin comenzó la segunda parte y volvió, momentáneamente, una tranquilidad relativa, una calma inestable.
Paulino Carasa
El sonido del descanso
La algarabía que se produce durante el descanso de un partido de fútbol es un fenómeno vibrante y lleno de energía. Durante este corto espacio de tiempo, los aficionados suelen aprovechar para comentar las jugadas más destacadas de la primera parte, discutir las decisiones arbitrales, expresar sus opiniones sobre el rendimiento de los jugadores y compartir sus expectativas para la segunda mitad del encuentro. El ruido puede incluir murmullos de preocupación o celebración dependiendo del resultado hasta ese momento.
Los gritos de alegría o frustración resuenan en las gradas, mientras algunos hinchas se levantan para estirarse o comprar refrescos, creando un bullicio constante. Las conversaciones son animadas, con risas y gestos entusiastas que reflejan la pasión por el deporte. En muchos casos, se pueden escuchar cánticos y canciones que refuerzan el sentido de comunidad entre los seguidores del equipo. También es común oír el sonido de los vendedores ambulantes ofreciendo comida y bebida, lo que añade un toque adicional al bullicio general.
Además, en algunos estadios, se organizan actividades o espectáculos para entretener a la afición durante el descanso, lo que añade aún más dinamismo a la atmósfera. En resumen, la algarabía del descanso es un momento clave donde la emoción y la camaradería se entrelazan, creando una experiencia única para todos los presentes.
La música activa nuestra capacidad creativa.
La mejor postura para ver la televisión es: sentado en una silla con el culo pegado al respaldo, la espalda recta y las rodillas a 90 grados. De acuerdo, voy a hacerlo, pero de espaldas al aparato infernal. Se trata de ir pasando canales cadenciosamente, a la espera de que una frase, una voz o un sonido me hagan rememorar una escena de una película.
Pulsa que te pulsa, nada enciende mi imaginación. De pronto, un melancólico toque de piano acompañado por una guitarra acústica activa mis neuronas. ¡Lo tengo!
Una polvorienta ciudad del Viejo Oeste. El sol, en su punto más alto, lanza un calor abrasador sobre las calles desiertas. Las casas de madera, con sus porches crujiendo, parecen estar conteniendo la respiración.
En el centro de la plaza, un grupo de vaqueros, con rostros curtidos por el sol, se agrupa junto al brocal de un pozo. Matojos rodantes se deslizan por la plaza movidos por el viento. Dos pistoleros se enfrentan en la calle principal, bajo un sol que proyecta sus sombras alargadas sobre el suelo de tierra seca.
El silencio es absoluto; solo se escucha el suave susurro del viento entre los edificios. Los espectadores contienen la respiración, sabiendo que cualquier movimiento podría desencadenar el caos.
No más de diez pasos separan a los dos hombres, cada uno con una mano descansando sobre la empuñadura de su revólver. Uno de ellos, un forastero de mirada fría y decidida, lleva un sombrero negro que oculta parte de su rostro. Su chaqueta de cuero está desgastada, pero su postura es firme y segura. Frente a él, un vaquero local, conocido por su rapidez y habilidad con las armas, ajusta su cinturón mientras observa a su oponente con desdén.
Vuelve a sonar la música, ahora en una mezcla de tensión y anticipación se vuelve más intensa, los acordes más marcados. El ritmo se acelera creando una sensación de urgencia y peligro inminente. Suenan tambores.
Ambos hombres se mueven al mismo tiempo, como si estuvieran sincronizados. Las manos vuelan hacia las armas en un instante; el sonido del metal al desenfundar resuena en el aire. Los disparos retumban como truenos en medio de un silencio sepulcral. El polvo se levanta del suelo mientras las balas atraviesan el aire.
La música alcanza el clímax: una explosión de notas rápidas y dramáticas que imitan el sonido de los disparos.
El forastero es rápido y preciso; su primer disparo impacta cerca del vaquero, quien reacciona instintivamente y devuelve el fuego. La adrenalina corre por sus venas mientras ambos hombres esquivan y buscan cobertura detrás de barriles y postes de madera.
La escena es caótica pero controlada; cada uno intenta anticipar los movimientos del otro. Finalmente, tras unos momentos que parecen eternos, uno de ellos logra su objetivo: un disparo certero que hace caer al vaquero al suelo. El silencio regresa abruptamente mientras los espectadores procesan lo ocurrido.
El forastero se queda inmóvil por un instante, respirando pesadamente mientras observa a su oponente caer. La victoria es suya.
La música cambia a una tonalidad más sombría y lenta. Las notas se vuelven más profundas y resonantes, reflejando la gravedad del momento.
José Fco. Gómez


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