CONTINUANDO UN TEXTO DE SARAMAGO CON ATREVIMIENTO
La fritada ya estaba en la sartén y cuando empezó a dorarse, le tiré el arroz, lo revolví, le di el último punto de sal; probé el sabor con un poco de caldo…Me quemé la lengua y la boca. Noté un extraño sabor; ¿sería por estar tan caliente? Tomé otro poco de caldo con una cuchara; soplé hasta que estuvo templado; probé de nuevo; pero el extraño sabor todavía estaba allí.
No podía ser; había seguido fielmente las instrucciones de la receta para hacer aquel guiso y obtener una deliciosa paella. No lo iba a poder conseguir porque el caldo tenía un sabor raro, malo. Ni salado ni soso ni ácido ni insípido… ¿Cuál era el problema que provocaba ese sabor desagradable? La fritada; no podía ser otro, aunque no acertaba a explicármelo. La cebolla, el pimiento, cada una de las verduras estaban sanas y limpias; las había ido cortando una por una y todas parecían en perfecto estado.
Después añadí las almejas y el pescado. El aroma era delicioso; me estimulaba el gusto y prometía un magnífico placer en la mesa; añadí a continuación el agua de hervir unos mejillones y todo quedó dispuesto para agregar el arroz… ¡Los mejillones! ¡Seguro que fueron los mejillones! ¿O fueron las almejas? No tiene sentido buscar culpables. Ese sabor acre, extraño, oscuro… ¿puede ser oscuro un sabor?... tal vez; al menos a mí me ha nublado el día. Del gusto prometido y ansiado he pasado al más negro disgusto.
Paulino Carasa
La fritada ya estaba en la sartén y cuando empezó a dorarse, le tiré el arroz, lo revolví, le di el último punto de sal, probé el sabor con un poco de caldo...
Estaba en su punto. Después de un par de horas de risas y trabajo, un delicioso aroma emanaba de la paellera. Había llegado el momento que todos estaban esperando: ¡la degustación de la paella!
Con una sonrisa de satisfacción, retiré la paellera del fuego y la coloqué en el centro de la mesa. El arroz dorado brillaba bajo el sol, y los mariscos y las verduras asomaban entre los granos como joyas en un tesoro.
Javier llegó con varias botellas de vino blanco y cervezas frías. "Nada mejor que un buen vino para acompañar esta obra maestra", dijo mientras abría una botella y servía copas para todos.
"¡Listos para la prueba!", exclamé, mientras servía generosas raciones en platos humeantes. Cada uno ocupó su lugar alrededor de la mesa, ansiosos por degustar tan apetitoso plato. Javier levantó su copa de vino y propuso un brindis: "Por la amistad, por la buena comida y por muchos otros momentos como este". Todos alzamos nuestras copas y brindamos con entusiasmo.
El primer bocado fue mágico. El sabor del marisco fresco se mezclaba perfectamente con el arroz, que había absorbido todos los jugos y especias. Ana cerró los ojos mientras saboreaba cada bocado, dejando escapar un suspiro de felicidad. "Esto es increíble, Antonio, has superado todas las expectativas".
“Todo comenzó con un reto” aportó Luis, “y después de muchos intentos fallidos, hemos encontrado a nuestro “cocinillas”. Enhorabuena Antonio, esto hay que repetirlo”.
A medida que avanzaba la comida, iban surgiendo recuerdos comunes sobre vivencias pasadas, sueños futuros y planes para nuevas aventuras. La paella no solo era un plato delicioso; se había convertido en el hilo conductor de una tarde llena de camaradería.
Henchido de satisfacción me dejé caer en una tumbona presa del sopor. Me había ganado una plácida siesta. Que recojan ellos.
José Fco. Gómez
Estaba en su punto. Después de un par de horas de risas y trabajo, un delicioso aroma emanaba de la paellera. Había llegado el momento que todos estaban esperando: ¡la degustación de la paella!
Con una sonrisa de satisfacción, retiré la paellera del fuego y la coloqué en el centro de la mesa. El arroz dorado brillaba bajo el sol, y los mariscos y las verduras asomaban entre los granos como joyas en un tesoro.
Javier llegó con varias botellas de vino blanco y cervezas frías. "Nada mejor que un buen vino para acompañar esta obra maestra", dijo mientras abría una botella y servía copas para todos.
"¡Listos para la prueba!", exclamé, mientras servía generosas raciones en platos humeantes. Cada uno ocupó su lugar alrededor de la mesa, ansiosos por degustar tan apetitoso plato. Javier levantó su copa de vino y propuso un brindis: "Por la amistad, por la buena comida y por muchos otros momentos como este". Todos alzamos nuestras copas y brindamos con entusiasmo.
El primer bocado fue mágico. El sabor del marisco fresco se mezclaba perfectamente con el arroz, que había absorbido todos los jugos y especias. Ana cerró los ojos mientras saboreaba cada bocado, dejando escapar un suspiro de felicidad. "Esto es increíble, Antonio, has superado todas las expectativas".
“Todo comenzó con un reto” aportó Luis, “y después de muchos intentos fallidos, hemos encontrado a nuestro “cocinillas”. Enhorabuena Antonio, esto hay que repetirlo”.
A medida que avanzaba la comida, iban surgiendo recuerdos comunes sobre vivencias pasadas, sueños futuros y planes para nuevas aventuras. La paella no solo era un plato delicioso; se había convertido en el hilo conductor de una tarde llena de camaradería.
Henchido de satisfacción me dejé caer en una tumbona presa del sopor. Me había ganado una plácida siesta. Que recojan ellos.
DECISIÓN IRREVOCABLE
Hoy, día 27 de septiembre, estoy aquí sentado detrás del ventanal en la zona alta de la bodega. Ante mí, las viñas en la suave ladera de esa colina que mira hacia el sur protegidas de los fríos vientos del norte. Es un día enormemente triste; una persistente tormenta de viento huracanado, agua torrencial y granizos de gran tamaño, ha causado la ruina de la ya inminente y prometedora cosecha. No sólo se ha perdido esta, si no que la viña misma ha quedado seriamente dañada; difícilmente dará fruto el año que viene; además, habrá que arrancar muchas cepas que son ya irrecuperables. Abrumado ante la magnitud del desastre, sostengo en mi mano una copa con uno de mis mejores vinos conseguidos como enólogo-bodeguero. Por encima del dolor de la viña perdida, aprecio sus equilibrados taninos y su infinidad de matices. Me costó mucho alcanzar esta excelencia; estudié, investigué, me sobrepuse a todo…y el resultado fue óptimo, el esperado; no podía ser menos. Pero al ver ahora, cuando agito levemente la copa, esa lágrima que se desliza por el interior del cristal, hace que mis ojos también se humedezcan y se nublen ante el macabro espectáculo de las cepas destrozadas. Pese a ello, su sabor a vainilla, frutas maduras, notas florales, paso sedoso en boca con matices especiados que proporcionan un inolvidable postgusto, me trasporta a aquella fiesta que mi padre daba, tantos años atrás, para celebrar mi titulación académica e introducirme en su grupo de empresarios. El gusto indefinible del vino que se sirvió en el almuerzo se adueñó de mí y me atrapó de tal manera que cambió toda mi vida. Salí de la fiesta decidido a elaborar por mí mismo un vino como aquel.
Era joven, con mi carrera de Ciencias Empresariales recién terminada; se abría ante mi un futuro lleno de buenos augurios; las empresas familiares me esperaban para que, en breve, me hiciera cargo de la administración de las mismas. Mis padres y mis tíos se felicitaban porque había surgido, por fin, el continuador de sus largos años de trabajo hasta conseguir aquella boyante posición económica.
Mi padre organizó una gran fiesta para presentarme, con gran boato y solemnidad, a todos sus amigos empresarios; estaba exultante; por fin había un heredero bien preparado y decidido a hacerse cargo de sus empresas; seguro que las ampliaría y haría que alcanzasen nuevas cotas de éxito. Yo también estaba decidido a utilizar mis conocimientos más innovadores para llevarlo a cabo. No en vano había realizado estudios en las universidades más prestigiosas de Alemania y Estados Unidos.
La fiesta-presentación tuvo lugar en los salones del hotel Sheraton. Allí acudió lo más granado de la sociedad: industriales, banqueros, economistas famosos e, incluso, intelectuales y teóricos de la ciencia y las artes.
El ambiente no me era desconocido, pero tanta gente importante me abrumaba; no obstante, tras unos primeros momentos de cierta timidez, me distendí y conseguí moverme entre aquella élite con soltura y no poco desparpajo.
Después de las presentaciones, los canapés, aperitivos, brindis, risas y situaciones variopintas, pasamos al comedor. A mí me situaron en la parte más noble de la mesa, entre mi padre y mis tíos. Los tres, unidos siempre, habían conseguido elevar la empresa a su gran nivel actual haciendo frente, por el camino, a multitud de vicisitudes y dificultades.
Todo fue normal hasta que me sirvieron un vino que nunca antes había probado. Agité suavemente la copa, con gestos circulares para que el vino soltara sus aromas; los aspiré con fruición. La lágrima que resbalaba lentamente por el cristal de la copa me hizo notar su perfecto grado de acidez. Bebí despacio, saboreando y captando sus matices; lo tragué. Bebí de nuevo y fue como si un río de gozo, de frescura, de notas florales, de frutas, de leves tintes de madera …manase de mi boca y me inundara todo por dentro. Y entonces tomé la decisión. Yo tenía que elaborar un vino tan sublime como aquel; lo conseguiría.
No hubo más en mi cabeza durante el resto de la comida; sólo el vino. No abusé de él pues no quería que el alcohol me privase del placer, de la delicia y de los sentimientos que aquel vino producía en mí.
Y se lo dije a mi padre y a mis tíos. No voy a entrar en la empresa, ni a dirigirla ni a hacerme cargo de ella. Voy a dedicar todos mis esfuerzos, toda mi vida a obtener un vino tan exquisito, tan extraordinario como el que hoy se ha servido. La decepción de los míos fue enorme, pero la decisión estaba tomada. Yo mismo acepté que era una actitud temeraria y arriesgada, con amplias posibilidades de fracaso. No quise plantearme ni aceptar ninguna duda; estaba seguro de que, si no lo hacía así, yo mismo acabaría renunciando a la idea y desistiendo de la misma.
No hubo más discusiones. Tuve suerte; mi familia, a pesar del gran disgusto que les produje, no me abandonaron. Con su ayuda, aunque después les devolví los créditos, compré siete hectáreas de terreno orientado al sur en la ladera de una colina. Y allí planté las viñas...
Han pasado muchos años desde aquel día en que decidí dedicarme a cultivar la tierra. No sabía nada de agricultura ni había tenido ningún contacto con el campo y la labranza… Hoy, pese al desastre que se extiende ante mí, no me arrepiento de aquella decisión.
Paulino Carasa
ODIABA EL TOMATE
Hoy ya no siento ningún rechazo; más bien al contrario. Cada vez que me preparo esas rodajas de tomate en su punto de madurez y le añado una pizca de sal, un poquito de orégano desecado y un generoso chorro de buen aceite, antes de comerlo ya estoy gozando de su exquisito gusto imaginado.
Pero no siempre fue así; durante muchos, muchos años, yo era incapaz de meter un mínimo trozo de tomate en mi boca; tan sólo pensarlo, se producía un rechazo instintivo tan acusado que llegaba a la náusea. De nada servían ni sirvieron los consejos y los ánimos para vencer esa resistencia. Con grandes esfuerzos llegué a hacer intentos por comerlo; todo fue en vano. No podía distinguir si era el sabor o la textura o ambas cosas a la vez, pero el gusto, el sabor que yo percibía me impedía tragar la más mínima porción de tomate.
Así pasaron tantos años. Lo tenía totalmente asumido; rodajas de tomate, ensaladas con tomate, tostadas untadas con tomate…yo las rechazaba sistemáticamente. En alguna situación sentí la necesidad de dar explicaciones por mi actitud; eso me producía un cierto embarazo y desconfianza hacia mí mismo; a veces parecía el raro de la comida, o eso imaginaba yo.
Pero un día, ya frisaba yo los cincuenta, todo cambió. Ese año, el departamento de inglés del colegio en el que trabajaba, decidió llevar a los alumnos a Inglaterra, a Walton-on-Thames en los alrededores de Londres. Tanto los estudiantes como los profesores, nos quedábamos en familias. Cada día, a última hora de la tarde, dejábamos a los muchachos en la familia que les correspondía. Los recogíamos por la mañana para realizar las visitas programadas. Las familias nos daban la cena y el desayuno y un picnic, al salir de casa, para el resto del día.
La primera cena, en casa de la familia donde yo estaba hospedado, se componía de tomate cortado en trozos mezclado con otra verdura que no recuerdo bien; posiblemente fueran judías verdes poco cocidas. Después había carne. A mí, ante aquel plato con las abundantes porciones de tomate, se me vino el mundo encima. Mi nivel de inglés era bastante deficiente como para explicar mis problemas con el tomate. ¿Qué hacer? Sólo se me ocurrió meter el tomate en la boca y tragarlo sin respirar; aguanté con gran esfuerzo la náusea que esperaba; tomé una porción de judías y abordé el siguiente trozo de tomate; el mismo procedimiento que con el primero; logré tragarlo también. Mis esfuerzos para acabar con el plato fueron enormes; creo que me puse colorado, pero logré terminar la cena.
Temía problemas estomacales durante la noche, pero no hubo ninguno; sólo al recordarlo notaba una inquietud en el estómago. Logré dormir bastante apaciblemente.
Al día siguiente, a la hora de comer, nos sentamos con los alumnos en un parque para dar buena cuenta de nuestra no muy abundante bolsa de comida. Lo primero que encontré al abrir la mía fue un bollo de un pan un poco raro relleno de lonchas de tomate y una especie de salami. ¡Otra vez el tomate! ¿Qué hago? Me están viendo mis alumnos; no lo podía tirar a una papelera; sería un mal ejemplo; tampoco podía devolverlo a la señora de la familia que me lo había preparado. Tenía que comerlo por encima de rechazos y náuseas…
Desde aquel día como tomate y disfruto de su sabor y textura.
Paulino Carasa
Experiencia gustativa asociada a un recuerdo negativo
Amarga hamburguesa.
Era un día de verano de hace ya algunos años, y el sol brillaba esplendoroso. Mi familia había decidido organizar una barbacoa en el jardín, algo que ya se había convertido en tradición y que solíamos disfrutar una o dos veces cada año. Sin embargo, esa vez fue diferente. Mi padre atravesaba serios problemas en su empresa, y la tensión en casa era palpable.
Mientras los olores de la parrilla llenaban el aire, yo estaba emocionado por probar las hamburguesas que mi madre había preparado. Pero a medida que la tarde avanzaba, las risas se convirtieron en murmullos tensos y miradas furtivas. En un momento dado, mi padre estalló en una discusión con mi hermano menor sobre algo trivial, pero la tensión acumulada salió a la superficie.
Había lanzado el primer mordisco a mi hamburguesa cuando la pelea alcanzó su punto álgido. El sabor de la carne jugosa se mezcló con la amargura de las palabras hirientes que se lanzaban entre ellos. Aquel primer mordisco, que debería haber sido delicioso, se volvió insípido y pesado en mi boca. La mezcla de sabores se convirtió en un símbolo de la discordia familiar.
Desde entonces, cada vez que pruebo una hamburguesa, no puedo evitar recordar aquel día. El sabor ahumado me transporta instantáneamente a ese momento incómodo y tenso. Aunque he intentado disfrutar de las hamburguesas en otras ocasiones, siempre hay una sombra de ese recuerdo negativo que se cierne sobre mí.
José Fco. Gómez





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